pregunta
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¿Cómo es posible –se preguntó una vez el escritor chileno Ariel Dorfman, dirigiéndose a la prensa, pero también a los aficionados– que nos importe tanto el drama de quién es el hombre más rápido del planeta, quién nada con más celeridad en el agua estilo mariposa, cuál es el equipo más diestro para manipular un balón y no recordemos, en cambio, quién es el más valiente en la lucha contra la inequidad, el más tenaz en denunciar la polución, el más sereno en insistir en que no podemos dormir tranquilos mientras millones de nuestros congéneres tienen hambre? No tengo nada en contra de los colosales levantadores de pesas o de las maravillosas gimnastas ni menos contra quienes hacen goles a granel, con las manos o con los pies. Pero la pregunta sigue ahí, desafiante, terrible. ¿Y por qué no sabemos los seres vivos y pensantes de este planeta la respuesta?
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